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Cuernavaca, Morelos, Mexico

jueves, 22 de noviembre de 2007

Derecho Romano

sobre el Libro "Historia de Roma"

de Indro Montanelli

  • Paperback: 455 pages
  • Publisher: Debolsillo; Tra edition (July 30, 2006)
  • Language: Spanish
  • ISBN-10: 8497593154


Cuando pienso en el Imperio Romano y su derrumbe, evoco a manera de metáfora, el hundimiento del legendario trasatlántico “Titanic”. El capitán en algún momento comprende que están dañadas las cámaras de seguridad al grado de que el hundimiento es absolutamente irremediable. A partir de ahí, al crucero le quedaba poco más de una hora antes de que desapareciera de la superficie del océano para siempre. Esa hora se convierte en un lapso de anarquía, drama y caos humano; y tan solo 1500 personas logran escapar de la muerte segura para continuar viviendo el regalo de una vida nueva. Todo este dramático hundimiento le acontece al Imperio Romano, cual si fuera el Titanic. Es tan solo una imagen que cruza mi mente. ¿Habrá vislumbrado alguno de los “capitanes” del Imperio con claridad, en algún instante preciso del tiempo, que la caída venía y que era irrefrenable? Probablemente ni Diocleciano, ni Teodosio, ni Constantino, ni el niño Honorio imaginaron jamás lo que advenía.

El Imperio Romano se divide hacia el año 476 d.C. El Imperio Romano de Occidente termina tras mil doscientos años de historia, dando paso a la edad media; mientras que el Imperio Romano de Oriente perdura por otros mil años hasta la caída de Constantinopla en manos de los turcos otomanos en el año de 1453 d.C.

En su Historia de Roma[1], Indro Montanelli nos relata en un gran ensayo histórico, lleno de humor y de contrapuntos irónicos en cuanto a la veracidad de algunos mitos o versiones de los hechos llegados a nosotros a través de los siglos, su cultura, su grandeza y su vastísimo imperio, haciendo énfasis en esta Roma que de facto deja de existir con la deposición de Rómulo Augústulo por Odoacro en 476 d.C.

El espíritu y la grandeza de Roma se hacen patentes sobre todo en una frase en el capítulo que Montanelli titula “El Fin”. Relata en esta parte del libro, que la Roma de Occidente ya para la época de Teodosio se consideraba un satélite de Oriente y que cuando el niño Honorio fue emperador, el imperio se encontraba en descomposición avanzada. Los ejércitos se hallaban ocupados en los confines en guerras exteriores, el mundo conocido se encontraba ya bajo la tutela espiritual de la iglesia, la masiva incorporación de poblaciones bárbaras y aún paganas era irremediable. Éstas eran desconocedoras de estado y derecho. Así se forzaron a las comunidades y aldeas a confiar en “señorones” locales para su defensa que implementaron milicias propias. Se les llamaba potentes. Ellos fueron ganando independencia de la autoridad central conforme ésta se fue debilitando. Menciona que este desarrollo originó (paulatinamente desde Diocleciano) una sociedad que liga irrevocablemente al campesino a la gleba y a su amo; y al artesano a su oficio, petrificando la sociedad, como dice Montanelli. Luego concluye: ”Todo eso, empero, es el fin de Roma, de su civilización, de su ordenamiento jurídico, que hacía de cada hombre árbitro de su suerte, le equiparaba a los demás ante la ley, y con una ciudadanía hacía de él no sólo súbdito sino un protagonista.[2]”

Hablar del espíritu y de la grandeza de Roma significa entonces hablar de una sociedad que conoció el estado y el derecho, directo antepasado de nuestro concepto moderno de estado de derecho casi quisiéramos decir; y con ello una organización social que ofrecía libertad emprendedora al individuo, a la par de seguridad, organización, infraestructura y un trato claro ante la ley. Lo anterior como fundamento de una sociedad creativa, práctica, inventiva, funcional. Mostró ser fecunda y próspera; de ahí el auge y éxito hasta los más remotos confines del imperio, cuya época de mayor extensión se alcanzó bajo el emperador Trajano hacia 100 d.C. De ahí se explica el deseo (muchas veces inalcanzable) de incontables hombres de obtener la ciudadanía romana.

Se sobreentiende que con toda esta grandeza y este espíritu, nunca dejó de ser una sociedad injusta desde la perspectiva actual. Nunca dejó de confinar a los hombres en clases sociales y poblaciones/naciones estrictamente diferenciadas. Roma se erigió con el sudor, lágrimas y vidas de un mundo de esclavos, quienes salvo excepciones, nunca se vieron beneficiados ni por el espíritu ni por la grandeza de Roma, mas sin embargo la edificaron con sus manos. Debe quedar claro: el chiste era convertirse en ciudadano romano.

La publicación de las XII Tablas en la época de la monarquía, además de otorgar una clara separación de la religión de la ley común a todos, fundamentó el desarrollo de un orden jurídico tan asombroso para la época y tan trascendente, que pareciera producto de la sociedad moderna, no obstante provenga del pensamiento humano ideado hace más de veinte siglos.

Los romanos concibieron que el derecho, a diferencia de moral social, debe estar provisto de una técnica jurídica que permita elaborar, interpretar, adaptar y – en su caso - eliminar una norma de derecho. Idearon aquello que conocemos como la interpretación, es decir la noción de la determinación del exacto contenido y alcance (su significado). Ya el derecho clásico permitía realizar indagatorias sobre la verdadera intención del autor de la norma.

Establecieron que en caso de presencia de leyes contrarias o contradictorias, que la posterior prevalezca sobre la anterior, como deseo más reciente del legislador. Así mismo son los creadores del principio de la analogía, que busca el mismo principio para solucionar problemas similares. Modernísima también la “invención” de la irretroactividad, que pide que una norma no se aplique a actos nacidos con anterioridad de la propia norma. Encuentro admirable grandeza de espíritu en los valores que cimentaron en su convivencia cotidiana: (1) La ley y el derecho, (2) el aislamiento del dato jurídico, (3) la abstracción, (4) la simplicidad, (5) la tradición, (6) la idea de nación, (7) la libertad, (8) la autoridad, (9) la humanidad, (10) la fidelidad, por último (11) la seguridad[3].

Sin estos principios no hubiera sido posible el imperio. Nos dice Montanelli que “el romano llevaba dentro, además de la pasión por las armas y las leyes, la de la ingeniería”[4], lo cual arrojó logros tales como reducir el tiempo de trayectos de viaje de seis meses desde Egipto, por dar un ejemplo, a un mes. El pavimento de sus “autopistas” le permitía a Julio César recorrer mil quinientos kilómetros en ocho días[5]. Roma impulsó con su infraestructura un desarrollo de intercambio económico asentado en su ius gentium, que aunque en gran medida basado en conquista militar y tributación de productos agrícolas y la explotación de esclavos, un mercado basado en contratos y apoyado por la banca, la moneda y el crédito. Así mismo se basó en un avanzado sistema de explotación de recursos extractivos, nada despreciable, embonado y adaptado a la economía de aquella época. La Roma de hoy debe también a sus proyectos hidráulicos el continuo chorrear de las fuentes en Roma; dado que sus obras fueron siempre obras de utilidad pública. En todo ello “resplandece el genio romano, práctico, positivo, al servicio de la sociedad y no al remolque de los caprichos estéticos individuales”[6].

Montanelli nos conduce a través de los siglos de la historia de Roma, pormenoriza el ir y venir de monarcas, cónsules, césares, emperadores augustos. Los vaivenes de las dinastías, y los nombres de las familias patricias parecen interminables. Es pues el nacimiento, el apogeo y el ocaso de sus respectivos poderíos. Muestra como se construye el imperio, como se cultiva, como se expande hasta llegar a la cúspide – y como finalmente decae y se autoconduce a la destrucción por el tantas veces repetido error humano que se enlista así: corrupción, avaricia, prepotencia, decadencia; y que termina por corroer desde adentro a toda civilización.

¿CUAL ES LA TRANSFORMACION MAS GRANDE EN ESE ESPÍRITU?

Dicho lo anterior, es sencillo encontrar en el libro de Montanelli la frase idónea para ejemplificar cuál fue la transformación más grande en aquel espíritu: “La vieja y orgullosa aristocracia, que fue acaso la más grande clase dirigente que el Mundo ha visto, y que durante siglos dio ejemplo de integridad, valor, patriotismo, en suma de “carácter”, después de las guerras púnicas, y más aún después de César, comenzó a darlo de egoísmo y de vicio”[7].

Las transformaciones en el carácter de todo un grupo social se presentan lentamente, la modificación es paulatina y en el caso de Roma llevó varios siglos. Las atrocidades que se pusieron de manifiesto en la época imperial, bajo señores como Nerón, Calígula, pero también Vespasiano, Cómodo, Caracalla y en mayor o menor grado muchos otros de la larga lista de sucesores, no son más que la expresión de un sistema carcomido, rotundamente despiadado y falto de cualquier escrúpulo moral. Las riendas morales se desataron y el estado (o lo que quedaba de él) terminó sirviendo como pretexto a los poderosos para transgredir las normas escritas y no escritas. El senado ya no cumplía con sus cometidos. Los romanos simplemente se corrompieron (decir aquí “simplemente” es seguramente una aberración porque el proceso de corrupción de simple seguramente no tuvo nada). Dejaron de ser íntegros. El resultado fue una decadencia compleja, de la que dice Montanelli, “el pescado comienza a apestar por la cabeza”[8] para señalar que la descomposición venía de las clases altas hacia las clases bajas.

Imposible discernir y aprenderse mil doscientos años de generaciones de dirigentes Romanos y sus respectivas hazañas militares. Ya suficiente trabajo sería aprenderse las principales familias patricias, los Claudios, los Flavios, los Severos y sucesivos. Más difícil aún, captar todos los enredos políticos y familiares, que, como decía Montanelli desde algún punto relativamente temprano de la historia de Roma, ahí por el año 70 d.C., se comenzaban a desbordar: “La ciudad que se divertía con el fratricidio, los ejércitos que se rebelaban, los emperadores que quedaban sumidos en estiércol, en esto se había convertido la capital del Imperio”[9].

El ascenso de Roma fue impresionante. Sus hazañas militares dejaron sus marcas. Los logros de un Julio César, un Augusto, un Trajano, un Marco Aurelio, Adriano muy dignos de admiración por la dimensión colosal de sus empresas. La influencia que Roma ha dejado en gran parte del mundo occidental y más allá, hasta mi muy particular realidad cotidiana en el Mundo del siglo XXI, lejos de Roma, en este continente que llamamos el americano, en una nación conocida como México, es indeleble.

La pregunta obligada que quedaría abierta es: ¿En que fase histórica de nuestra civilización globalizada nos encontramos nosotros hoy? ¿Apogeo o decadencia?



[1] Montanelli, Indro, Historia de Roma, Ed. Debolsillo, México 2005

[2] Idem. Pp. 433

[3] Bernal, Beatriz, Ledesma, José de Jesús. Historia del Derecho Romano y de los Derechos Neorromanistas, Ed. Porrúa, 2005 México. Pp. 45-47

[4] Montanelli, Indro, Historia de Roma, Ed. Debolsillo, México 2005 pp. 349

[5] Idem, pp. 347

[6] Idem, pp. 349

[7] Idem, pp. 444

[8] Idem, pp. 444

[9] Idem, pp. 330

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